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Día 7: de Astorga a Villafranca Del Bierzo

A pesar de los ronquidos de mi amigo franco-belga y, sobre todo, de la preocupación por la lluvia, dormí razonablemente bien. Como casi siempre, esperé a que la mayoría de peregrinos se pusieran en marcha antes de bajar a desayunar. Aún tuve tiempo de compartir mesa con varios de ellos (franceses, los belgas fueron más madrugadores). Café, zumo y tostadas, todo incluido en el precio del albergue.

Me asomé a la ventane y dije:

— Uf, menos mal que no llueve

A lo que Patricia, con los ojos como platos, contestó:

— Pero ¿cómo que no llueve? ¿De verdad que no lo ves?

Quizás mi cerebro se negaba a admitir la evidencia, pero era cierto, llovía con fuerza. Para mí, que me gusta andar en bici, la lluvia es un elemento desconocido (si llueve me quedo en casa) que me creaba un fuerte desasosiego. Así que preparé la bici, me despedí de mis anfitriones y, con algo de miedo, me puse el chubasquero y salí a la calle. Tenía por delante 80 km y 1100 m de desnivel:

Track de la séptima etapa
Perfil de la séptima etapa

Llovía con fuerza; saliendo de Astorga, aún medio en penumbra, fui adelantando a una procesión de peregrinos -yo creo que hoy habían madrugado menos- que me parecía más triste que nunca. Todos con sus coloridos chubasqueros, capas o ponchos, andando cabizbajos para protegerse del agua. Pasamos por Murias de Rechivaldo, Castrillo de los Polvazares (¡ay, los nombres de los pueblos castellanos!), Santa Catalina de Somoza y El Ganso en suave pero constante ascenso. Justo antes de Rabanal del Camino hay un bar donde, tras dudar un poco, paré.

Mientras esperaba el café me di cuenta de que estaba totalmente empapado y tenía frío. Ninguna de las cosas, a estas alturas, tenía buena solución. Sí me cambié los guantes por unos largos y creo que me puse los manguitos bajo el chubasquero.

Rabanal del Camino

Rabanal del Camino

Según la altimetría del puerto, que había consultado previamente, me quedaban los 7 km más exigentes; si bien sólo el último superaba el 6% de desnivel, la lluvia, el frío y la carga en la bici le daban más dureza. Con mucha paciencia continué rodando muy despacio tratando de hacer el mínimo esfuerzo posible. Así, iban pasando los kilómetros hasta dejar a la izquierda el pueblo de Foncebadón que yo creía más cercano a la cima.

Conforme ascendía la lluvia se hacía más intensa y una espesa niebla ocultaba el precioso paisaje; tras coronar hay un pequeño descenso y un tramo más o menos llano (más bien ondulado) y llegué a pensar que ma había pasado el icónico crucero sin verlo a causa de las condiciones de escasa visibilidad. Pero no era así y, unos minutos después aparecía ante mi vista:

Cruz de Ferro

Cruz de Ferro

Parecía que lo difícil del día estaba hecho (aunque luego me di cuenta de que ni mucho menos sería así). No había mucha gente; me detuve e hice unas fotos como pude porque tenía las manos heladas, los guantes largos no eran ni mucho menos impermeables y no me protegían del frío. Es lógico que, al vivir en una región seca, no tenga el mejor material para la lluvia pero es algo que tendré que tener en cuenta para el futuro si repito este tipo de salidas. Eso sí, la bici quedó reluciente:

En el alto de Foncebadón, juanto a la Cruz de Ferro

En el alto de Foncebadón, juanto a la Cruz de Ferro

Tocaba empezar el descenso para lo que me puse algo más de ropa (un cortavientos bajo el empapado chubasquero), aunque aún quedaba un tramo ondulado y con fuertes rampas ascendentes. Pero por fin veo la señal que advierte a los ciclistas de tener precaución pues se avecinan 15 km de descenso con fuertes pendientes. Y en un día como este, con lluvia y niebla, había que extremar las precauciones.

Si tan solo 3 días antes había rozado los 35ºC, ahora estaba descendiendo el Alto de Foncebadón empapado y aterido de frío a menos de 10 grados. Me dio muchísima pena no parar en Manjarín, pero no me pareció oportuno.

A pesar de todo el descenso es precioso y me dio mucha rabia que hubiera casi que intuir el paisaje entre la niebla. Pasé El Acebo y, unos kilómetros más adelante entré en Molinaseca (“seca”, anda que…) donde me detuve a tomar un café y secar algo la ropa con la esperanza de entrar en calor.

Bar en Molinaseca

Bar en Molinaseca

Ahí me crucé por primera vez con un simpático grupo de ciclistas de Seattle, alguno de los cuales era realmente estrafalario y peculiar. Tras el descanso, un corto trayecto nos deja en Ponferrada.

No conocía la capital del Bierzo, que se sorprendió gratamente. En especial, claro está, el magnífico castillo templario. De los muchos sitios por los que transité y pensé “aquí tengo que volver con más tiempo” Ponferrada está muy arriba en la lista.

En Ponferrada tenía pensado poner el primer sello del día pero, cuando arreció la lluvia, me olvidé y enfilé la salida en dirección a Cacabelos. Creo que fue por Pieros, pasada la localidad anterior, cuando por primera vez en el día salió el sol. ¡Me estaba calentando la espalda! Lleno de alegría me paré en una fuente, guardé el chubasquero y el cortavientos y reanudé el camino hacia Villafranca del Bierzo con la esperanza de llegar caliente y seco. En la fuente estuve charlando con un australiano fan de Jay Vine, sensación de la Vuelta a España hasta su caída.

Pero nada más lejos de la realidad. En los últimos kilómetros la lluvia se intensificó hasta alcanzar proporciones de diluvio. Llegué a la Plaza Mayor, donde estaba mi hotel (sí, hoy hotel), totalmente empapado, chorreando y con ganas de llorar. No me atrevía ni a entrar. Cuando me dieron la habitación y tras dejar la bici en el garaje, me metí en la ducha… vestido. Debí pasar un cuarto de hora bajo el agua caliente hasta que entré en calor. Eso sí, con la ropa lavada 😄 Sequé la ropa entre las toallas y me vestí para comer. Tuve suerte de encontrar una mesa en un bar de la Plaza Mayor porque eran fiestas en el pueblo.

Tras la comida descansé un rato y di una vuelta por el pueblo para sellar la credencial. Y es que, al llegar al hotel (donde me sellaron) me di cuenta con cierto disgusto de que era el primer sello del día, que con la lluvia había olvidado parar a ponerlos. La persona que me puso el sello me dijo que no me preocupara, que no había problema por que los dos sellos fueran de la misma localidad. Yo me quedé algo contrariado y escéptico, pero no tenía ganas de volver a subirme en la bici para ir a otro pueblo.

Iglesia de San Francisco

Iglesia de San Francisco

El caso es que, durante el paseo, me topé con el sorprendente Museo de Ciencias Naturales de los Padres Paúles que visité encantado. No sabía de la vida de Mariano Díez Tobar, precursos del cine por delante de los Lumière. Merece la pena conocer su historia.

Museo de los Padres Paúles

Museo de los Padres Paúles

Cené una pizza en el mismo bar donde había comido, el Sevilla de la Plaza Mayor, acompañada de un rico vino del Bierzo. Pronto arreció la lluvia y los peregrinos y vecinos que llenaban la terraza se fueron cobijando bajo los soportales.

Plaza Mayor de Villafranca del Bierzo

Plaza Mayor de Villafranca del Bierzo

No paraba de llover. Volví pronto al hotel y encontré mi ropa aún mojada. Tenía dudas de si se habría secado por la mañana. Ya en la cama, el sonido de la fuerte lluvia se mezclaba con los cánticos de los jóvenes a los que, en fiestas, poco parecía importarles el persistente aguacero. Pero a mí me tenía en vilo. Lo había pasado mal hoy y nada hacía presagiar que sería mejor mañana, donde debería entrar en Galicia por O Cebreiro. Es más, las predicciones meteorológicas auguraban más y más precipitaciones para los días siguientes.

De madrugada me despertó varias veces el ruido de la lluvia. Me costaba volver a dormirme porque enseguida empezaba a darle vueltas a una triste idea: abandonar, empaquetar las cosas y meterme en un autobús con destino a casa…

¡Buen Camino!

Video de la etapa


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